ENTREVISTA A MAXIMILIANO HERNÁNDEZ MARCOS Por GUILLERMO DA COSTA y CARLOS RODRÍGUEZ

La hoguera no es acaso pasión,
tampoco himno para mecer las hojas.
Que las cenizas del tiempo
reducen las miradas a la sombra
de haberse consumido en el resplandor
ardiente
de un deseo.
Un gesto aquí, una palabra
quebrada más que dicha, al otro lado de la historia,
por donde sigue, crepitando entre dudas,
el aire de otra hoguera y sus adivinanzas.
M. H. M.

–¿Cómo iniciar este encuentro? Nos podría referir, por ejemplo, un esbozo de quién es Maximiliano Hernández Marcos y, a propósito, quisiéramos curiosear en qué le llevó a la filosofía.

Empezando por la segunda pregunta, lo que me llevó a la filosofía fue el estudio de una asignatura del mismo nombre que había en tercero de Bachillerato, y su continuación en la Historia de la Filosofía de COU. En especial, el profesor que la impartía me llevó a concebir la filosofía, en aquel momento, como una especie de panacea crítica para resolver todos los problemas de la vida; y en realidad con esa idea ingenua me puse a hacer filosofía, aun cuando tomé la decisión a última hora.
En relación con lo primero, podría responder después de toda una vida, la cual, como diría Dilthey, sólo se puede reconstruir al final, cuando se está en condiciones de encontrar algo así como el hilo conductor que rige los acontecimientos de la propia vida. Con todo, creo que soy una persona bastante apasionada por la cultura en general, de buena voluntad en el trato con los demás.

–Díganos: ¿Por qué la lírica, la poesía? ¿Por vocación, o por elección?

No sé si es vocación o elección; quizá las dos cosas a la vez. La poesía como lírica surgió antes que la filosofía, y la causa de ello no es algo sobre lo que me haya preocupado especialmente. Creo que tiene que ver con una manera de sentir y de percibir la realidad que nos rodea.

–¿Juglar o Trovador? ¿En su poesía hay, en efecto, algo de ese canto al pueblo, y en la forma en que éste lo quiere oír, o, por el contrario, sigue usted una línea artística determinada, en el sentido de desembocar en una especie de poesía culta?

Ni lo uno ni lo otro. En realidad, pienso que la poesía, y en esto comparto convicciones modernas, es un lenguaje especial, algo que transforma el lenguaje cotidiano. En este aspecto debe ser culta. Creo que la poesía debe enraizar con la experiencia de la gente. Pero, al mismo tiempo, esto no significa que deba abandonar eso que se denomina el pueblo o los problemas de la vida. En suma, la poesía es esencialmente palabra, pero sabiendo que se trata de una recreación formal de experiencias vitales que pueden ser compartidas por una sociedad.

–¿Existe entonces un lugar para la poesía en nuestro tiempo? ¿Cuál es, a su juicio, el porvenir de la poesía?

[Risas] Ese es un tema al que yo realmente no podría dar una respuesta completamente satisfactoria, porque tampoco conozco mucho la poesía actual; pero creo que hoy en día para la poesía apenas hay lugar, si entendemos por “nuestro tiempo” el mundo de la sociedad mercantil y globalizada. Sin embargo creo que, lógicamente, seguirá siendo una cuestión de personas individuales. Pero en términos generales no creo que vivamos en una época poética.
Más bien se dan las condiciones de lo que podríamos llamar “muerte de la poesía”. Como siempre, se trata de un muerte relativa a una cultura y a su determinada comprensión de la poesía. Cabe esperar que se produzca una transformación, pero ese posible rumbo nuevo es algo que se me escapa más allá de lo que vemos actualmente: una poesía comercial. Si eso es bueno o malo, no lo sé. Al menos ésa no es mi manera de entender la poesía.

–¿Puede hablarnos, brevemente, de su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Yo empecé algo entusiasmado con la Escuela de Francfurt y en buena medida los pensadores de la “teoría crítica” marcaron mi sentido inicial de la filosofía, y no sólo por su crítica de la sociedad, sino también por el sentido metafísico que la acompañaba. Sin embargo, posteriormente me he ido alejando cada vez más de estos pensadores, porque me he percatado de que no contribuyen realmente a desarrollar una actitud crítica en el presente sino todo lo contrario, a sancionarlo.
Muy relevante para mí ha sido luego, de manera inevitable la filosofía de Kant, tema central de mi tesis doctoral, y, en el marco de la filosofía kantiana, la línea de la filosofía política es la que más me ha interesado prácticamente desde que me doctoré en filosofía. Así que los filósofos más influyentes en mí serían Kant, también algunos elementos del marxismo como análisis crítico de la sociedad; quizá incluiría también a Foucault por su visión de la filosofía como ontología crítica de la actualidad.

–¿A qué autores frecuenta en la actualidad?

Leo fundamentalmente en función de mis líneas de investigación y de mi docencia. Lamentablemente no tengo tiempo para más. Ahora me ocupo de Schopenhauer, algo también de Kant y leo, más esporádicamente, a Koselleck. En cuanto a poesía, suelo leer de una manera más asistemática y menos continuada. Recientemente he leído a José Antonio Muñoz Rojas, alguna cosa de Yves Bonnefoy, que me parece un poeta, aún vivo, excepcional; y como libro de noche tengo una edición parcial de las obras de Manuel Padorno, un poeta canario casi desconocido, muerto hace dos años, que se situaría más bien dentro de la llamada generación de los 50, muerto hace dos años, y que tiene una poesía entre naive e imaginista.

–Echemos un vistazo a la historia y a la pregunta de si tiene un sentido. Se pretende que la historia tenga un sentido, como se pretende que la vida tenga un sentido. ¿Cuál es, para usted, el sentido de la historia? ¿Y el de la vida?
No hay ningún sentido de la historia ni de la vida. El sentido de la vida de cada uno resulta de la manera de sentir, de comprender los propios acontecimientos y de los objetivos que cada uno se marca para la vida. El sentido de la historia en general está relacionado con los objetivos y los deseos del presente. Siempre es una reconstrucción a posteriori de lo que han sido los acontecimientos de la historia. No creo que haya un sentido en general ni un sentido a priori.
¿Y qué sentido tiene aún la filosofía, profesor?

El sentido de la filosofía en la actualidad es el mismo que tiene el pensamiento ilustrado como pensamiento crítico de la actualidad. Debería ser un análisis crítico de lo que somos y de las condiciones de posibilidad de lo que podemos ser en función de la realidad existente. Ese legado ilustrado sigue siendo válido hoy.

–Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez… ¿En qué lugar sitúa esa concepción a los pensadores sistemáticos, v. g., a Kant, al cual ya ha citado usted?

En Kant hay que distinguir la concepción crítica de la filosofía y su método de elaboración académica. Aquí era muy riguroso, pero su manera de concebir la filosofía era esencialmente crítica. Nietzsche ahí se refiere a los sistemas idealistas alemanes, y estoy de acuerdo con él. Estos sistemas abandonaron cualquier concepción y actitud crítica en filosofía y, en ese sentido, me parece que no fueron honrados con la que debe ser la tarea del pensamiento filosófico.

–Se ha tildado al Idealismo de excesivamente racionalista, de dejar de lado muchas veces la parte sentimental. ¿Cómo hablar al presente del sentimiento?

Ahora lo que hay es una proliferación del sentimiento y de su expresión. Otra cosa distinta es la índole de ese sentimiento. Yo creo que vivimos en una época, en este aspecto, neorromántica, que se conjuga perfectamente con una sociedad de consumo, en la cual la afirmación del individuo pasa inevitablemente por la afirmación de sus sentimientos y de sus deseos más inmediatos. Eso interesa al sistema consumista. Pero no se trata –para decirlo en palabras del clasicismo alemán– de un sentimiento puro, refinado, que permita enlazar la naturaleza con la libertad.

–Ahora se habla mucho de individuo. ¿Somos realmente tan individuales como a menudo pensamos?

Estoy de acuerdo si tenemos en cuenta que lo que hoy llamamos afirmación individualista no es la afirmación de una personalidad única o de una identidad personal que se construye a sí misma, sino más bien la afirmación de los impulsos, de los deseos, incluso de los más primarios, etc. Eso que no entraba en la idea de individuo propia del pensamiento burgués originario, y que está tan claro, por ejemplo, en Stuart Mill, que quizás fuera el último pensador del individuo en este sentido ilustrado.

–El problema de Dios es uno de los más complejos y controvertidos a los que ha de enfrentarse el hombre. ¿A usted qué le inspira tal enigma?

El problema de Dios lo fue para mí hasta los veinte años; después, dejó de existir como problema. No tengo ningún sentimiento religioso ortodoxo, vinculado a ninguna religión, ni heterodoxo. Yo participaría, en todo caso de esa tesis, vivida en carne propia, de la sustitución de la religión por el arte. Para mí la única forma de liberación pasa esencialmente por la poesía; mas sin ningún sentido trascendente fuerte, más bien hablaría, en terminología freudiana, de su valor sublimatorio.

–¿No relaciona, pues, trascendencia e inmanencia?

Son palabras que se pueden interpretar de muchas maneras. Cabe decir que la poesía, como una religión secularizada, puede ser una forma de trascendencia de lo inmediato y, en ese sentido es terapéutica, porque permite curar las heridas individuales al verse elevadas a algo universal como es la palabra. Ésa es la ventaja del arte.

–La pregunta que se sigue de todo esto último es perentoria: ¿qué opina de la muerte?

Es el problema fundamental de la vida. Sin duda, creo que la muerte debe marcar el propio sentido de la vida; debe convencernos de la radical finitud de nuestra existencia y, por lo tanto, de que todos nuestros objetivos en la vida deben alejarse de fórmulas de narcisismo exagerado y de afirmación totalitaria de sí mismo frente a los demás. Asumir la finitud de la existencia es fundamental para una vida relativamente sana. El que no asuma esto, lógicamente buscará formas de trascendencia en la propia vida, y eso se hace casi siempre a costa de los demás.

–Usted imparte una disciplina dedicada por entero a Schopenhauer. Nos gustaría saber qué entendía este pensador por “voluntad de vivir”, y por qué ésta es constante dolor.

Es un concepto metafísico que expresa el incesante afán de afirmación de la propia naturaleza o de la materia en sí misma, y que adquiere una expresión u objetivación más acusada en el caso de los seres humanos. Se trata de la inercia afirmativa y ciega del propio ser natural y de la vida. Es sufrimiento, porque este impulso fundamental se concreta siempre en individuos, pese a ser y querer realizarse como universal. En realidad, ese concepto es una herencia del Sturm und Drang elevada a instancia metafísica y contextualizada en el marco de la filosofía de Kant.

–Más sobre Schopennhauer. ¿Por qué ese desprecio por el sexo femenino? ¿Un desengaño amoroso de juventud tal vez?…

[Risas] ¡Tendríamos que habérselo preguntado a él! Tal vez sólo podamos extraer hipótesis en cierto modo psicoanalíticas, o, para no ser tan radicales, quizá procedentes de su propia biografía. Podemos incluso encontrarlas en el reciente libro de Safranski.
En él podemos comprobar que Schopenhauer fue un niño poco querido y abandonado luego, cuando ya era adolescente, por su madre, pero inmediatamente después de la muerte de su padre. Por lo demás, no hay razones teóricas de peso para esa misoginia. Es una mezcla de experiencia vital con prejuicios de una cultura machista, aunque también pudo haber detrás algún desengaño amoroso. En cualquier caso, este tema forma parte más del interés morboso que pueda suscitar Schopenhauer [risas. Le objetamos que es un hecho que afecta a su pensamiento]. Indudablemente sí influye en su filosofía.

–Expónganos cuáles son algunos de sus valores (en sentido lato) más considerados.

Habría que distinguir el orden en que nos situamos. Si tomamos el orden de valores humanos, yo diría la naturalidad y la sinceridad, que va unida a ella, así como la honradez, la amistad y la generosidad.
En el orden académico, el rigor científico y el espíritu crítico.

–¿Cómo haría para vincular, en un juicio, las ideas de naturaleza y de cultura?

En la clásica formulación de que la cultura es la segunda naturaleza. Esto hay que entenderlo casi en un sentido literal. Se trata de que la cultura, sin ser naturaleza, no se aleje excesivamente de ella. Todo alejamiento de la naturaleza es pedantería. El mismo Schopenhauer lo dijo al criticar algunas de las doctrinas, a su juicio artificiosas, del propio Kant.

–¿Cuál es su fallo entonces en torno a las crisis ecológicas?

Parece haber un destino lamentable de la cultura actual (en sentido antropológico), que responde a una concepción poco crítica de la cultura, que la entiende como afirmación infinita de las capacidades y de los poderes humanos, sin conciencia de la finitud y de la inserción del hombre en la naturaleza. El hombre es un ser natural. La crisis es un hecho y no veo que se vaya a poner remedio de momento. Nuestra cultura está interesada en transformar radicalmente el orden natural; o, quizás, en explotar la naturaleza en pos de determinados intereses simplemente económicos.

–Díganos: ¿Se saca algo del fracaso, del sufrimiento?

Sí. Dando por descontado que nadie busca en vano el sufrimiento, cuando éste viene dado por las condiciones de la existencia o por la propia naturaleza, se convierte en una buena escuela de aprendizaje. Pues creo que el sufrimiento ayuda a tomar conciencia de los propios límites y, en último término, nos hace conscientes de la muerte. En este aspecto, es un antídoto contra toda afirmación narcisista, tanto en el ámbito personal como en el artístico, el creativo o el político.

–A modo de confidencia: un libro, un lugar y una persona.

No sabría mencionar un único libro. Pero en mi evolución poética, por ejemplo, fue muy relevante, entre otros, el libro de José Ángel Valente Al Dios del lugar, publicado en 1989, porque vino a iluminar mi búsqueda entonces de una forma de escritura basada en la elaboración de una palabra pura, rigurosa, que enlazase al mismo tiempo la intuición con el pensamiento, algo no habitual en la poesía decadentista de aquélla época.
En lo que atañe al lugar, me gustó especialmente Viena, cuando la visité en el año 1987. Pero sólo la conocí como turista, un destino de nuestro tiempo…
Finalmente, entre las muchas personas que me han influido a lo largo de mi vida, voy a citar dos. Mi padre, quien me ha inculcado la cultura del trabajo y el espíritu de la tenacidad en la persecución de los grandes objetivos de la vida. Y desde el punto de vista filosófico, pero también humano, aunque su influjo es más reciente, mencionaría a José Luis Villacañas, con quien llevo colaborando ya más de una década en proyectos de investigación.

–¿Son a menudo el filósofo y el escritor meramente “ingenieros de conceptos”, embaucadores del lenguaje?

Si lo fueran, o los que lo sean, serán simplemente pedantes. Ciertamente creo que el filósofo y el literato deben ser “ingenieros” o técnicos de conceptos, pero de conceptos que expresen y ofrezcan de algún modo pautas de transformación de la propia realidad. La filosofía y la literatura son construcciones lingüísticas que han de tener base en la propia experiencia y han de servir de modulación a ésta. De lo contrario, se quedan en pura palabrería, algo de lo que se le suele acusar tradicionalmente a la metafísica, sobre todo si no es una metafísica relacionada con la vida y el mundo.

–En torno al motivo de que acumulemos conocimientos sin cesar –concedido que, como creía Aristóteles, “el hombre por naturaleza apetece saber”–: ¿no será que necesitamos crearnos una realidad que sea válida?…

¡Es una pregunta realmente metafísica! Yo creo que el anhelo de saber es inherente a la propia condición humana, a la propia conciencia humana. No sé si es el deseo de dominación absoluta del orden natural hasta convertirlo en la finura transparente del concepto, como creía Fichte. Eso es demasiado. El saber y su acumulación es un hecho incuestionable en el hombre. Es probable que tenga que ver con el problema de la muerte; quizás sea eso, quizás, en última instancia, esté relacionado con la propia conciencia de la finitud. Los verdaderos sabios antiguos siempre han sido hombres cuya sabiduría ha estado relacionada con un saber vivir la finitud. Eso podría ser su último fondo: encontrar una forma de asumir la propia finitud. Si no existiera conciencia de la muerte, tal vez no habría cultura… Pero no sé si con esto estaré haciendo vana metafísica.

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