ENTREVISTA A JUAN ANTONIO CEBRIÁN Por GUILLERMO DA COSTA PALACIOS

–Señor Cebrián: su labor como buen conocedor y divulgador de la Historia es ya innegablemente reconocida, y la prueba es que ha escrito al menos una decena de libros de contenido histórico. ¿Hay una figura de la tradición en la cual se reconozca usted de manera particular?

Son muchos los personajes admirados por mí y, de alguna manera, siempre tiendes a verte reflejado en ellos al menos en sus cualidades.
Como divulgador histórico intento ser objetivo a la hora de retratar estas personalidades fascinantes. Es imposible, por tanto, que me pueda quedar con alguno, aunque los héroes anónimos son, posiblemente, los que más me interesen.

–Y a propósito de su libro Mis favoritos (La Esfera de los Libros): ¿puede decirnos cuáles son esos personajes que tiene como preferidos y por qué?

Acaso los que en algún momento de su existencia recibieron la inspiración necesaria para cambiar el mundo que les tocó vivir. Desde Sócrates a Dian Fosey, pasando por Espartaco, Alarico, William Wallace, Poe o Madame Curie… Todos ellos son para mí grandes iconos de la civilización y representan lo mejor de nuestra peripecia por el planeta.

–El también escritor y periodista norteamericano Ambrose Bierce definió la Historia, en su obra Diccionario del diablo, como “relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios”.
¿Cree que la crónica histórica, en su tradición más ortodoxa, coincide –al menos en parte– con esta descripción burlesca de Bierce?

Sin duda alguna Bierce caminaba por senderos de certidumbre constatada. Aunque la propia biografía de este autor norteamericano esté ensombrecida por determinados acontecimientos que consiguieron amargar su visión clara de las cosas. No creo que todo lo que expuso en esa frase fuese del todo así, ya que existen capítulos muy honorables que dignifican la raza humana en su amplia dimensión.

–¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de España durante su juventud en Albacete?

Muy pocos, la verdad, pues me fui de Albacete con escasos años de edad, para luego pasar tan sólo algunos veranos en la ciudad donde, eso sí, contraje sentimientos imborrables que aún hoy sigo recordando con absoluta emoción e inocencia propia de la juventud. En todo caso, Albacete era entonces un lugar cuajado de esos tintes manchegos tan importantes para mí y, a buen seguro, que dichas sensaciones condicionaron mi vida posterior.

–¿Cómo definiría usted el poder (en especial el político)?

En el núcleo de la sociedad que nos hemos dado a lo largo de los últimos siglos, el poder sigue siendo ese monstruo oscuro lleno de aberraciones y corruptelas. Al menos esa es la imagen proyectada sobre nosotros y confirmada por desgracia por una miríada de casos detestables. No obstante, los políticos que nos representan tienen la obligación de ser en “las formas” honestos con la ciudadanía a la que presuntamente defienden y, en el caso español, dada nuestra posición en el concierto internacional, los últimos treinta años no fueron del todo malos. Hoy por suerte, en nuestro país, las condiciones en las que vivimos son, seguramente, mejorables, pero la cultura occidental por la que transitamos es lo más razonable que los humanos han podido conseguir hasta la fecha. Por tanto, no estoy del todo descontento con nuestra clase política, aunque sucesos vergonzosos los encontraremos siempre.

–¿Padecemos la historia, como una suerte de nostalgia del paraíso perdido, como una fatalidad, o existe un ansia de utopía en nosotros que da sentido a la historia y que, pese a todo, nos redime de sus anatemas?

Por supuesto, a medida que los siglos se alejan de nuestro acontecer cotidiano, la posibilidad de una utopía en relación al pasado se concreta con más firmeza. Lo cierto es que el paso del tiempo elimina, paradójicamente, las sensaciones nefastas para ensalzar las grandes gestas y logros que se obtuvieron en centurias pretéritas. De Napoleón Bonaparte la gente se acuerda de la grandeza efímera que este corso otorgó a Francia, olvidándose que su megalomanía provocó millones de muertos en pocos años. Espero que esto no ocurra con otros personajes como Hitler o Stalin.

–¿De dónde cree usted que proviene la necesidad del hombre de dar sentido a las cosas?

De nuestro afán por trascender más allá de lo carnal. La biología nos asigna unos ochenta años de estancia en la Tierra. Si no hubiese nada más que eso, de nada serviría empeñarnos en grandes proyectos o epopeyas para mejora del colectivo. En ese sentido necesitamos pensar que hay algo más en un plano superior y desconocido que dé ánimo a nuestro que- hacer en el planeta.

–¿Cuál es su visión en torno al “choque de civilizaciones” que diariamente aparece reflejado en todos los medios de comunicación, y como consecuencia del cual sufrimos diversos fanatismos así como el pánico terrorista?

Pues, sencillamente, que semejante choque no existe. Tengamos en cuenta que tras la caída del Telón de Acero las potencias occidentales se quedaron sin enemigos tangibles a la vista y fue entonces cuando desenterraron el viejo fantasma del odio entre religiones. No es posible una confrontación a causa de la religión en nuestros días, por mas que se empeñen unos y otros. Jamás este mundo quedará dividido por el mismo Dios. En cuanto al asunto terrorista, si repasamos la historia comprobaremos que este tipo de lances agresivos siempre se dieron movidos por intereses fanáticos o económicos, si bien, en el siglo XVI a los “terroristas” se les llamaba corsarios o piratas. Nuestra civilización sufre estas inclemencias desde sus orígenes, y pretender ahora regresar al tiempo de las Cruzadas, se me antoja propio de ignorantes.

–Para usted, ¿qué significa escribir?

Poder trasladar a los lectores una parte de mi universo personal y que podamos compartir juntos experiencias mientras disfrutamos con la evocación de hechos añejos. Es, en definitiva, una parte imprescindible de mi ser que trato de mejorar en cada obra literaria que propongo a los amigos que me leen.

–Cambiando otra vez de tema. ¿Cree en Dios? ¿Cómo ve el “porvenir de Dios”?¿Posee un sentimiento religioso (en su sentido más amplio) de la existencia?

Sí que tengo, desde luego, determinadas sensaciones que bien se pudieran tildar como religiosas. Los humanos hemos convenido llamar a esa presunta tutela sobrenatural con diferentes nombres que, en mi opinión, se pueden aglutinar en uno solo. En líneas anteriores lo esbocé. Si no hay trascendentalidad el sentido de la vida pierde consistencia. Ni siquiera los científicos se escapan a esa intuición, pues, no en vano, cuando se les acaban las preguntas siempre les queda Dios como mejor respuesta a sus inquietudes.

–Permítanos una cuestión que planteamos a todos los entrevistados: ¿Qué es para usted la muerte y cómo la enfrenta? ¿Cree que es provechoso para el ser humano pensar en la muerte, sin que ello suponga necesariamente un impedimento psicológico o existencial que le lleve a adoptar una actitud pasiva y dolorosa frente a la vida?

La muerte es una estación de paso hacia otras situaciones aún ignotas para nosotros. Morir es la consecuencia de la vida y de nosotros depende que cuando lleguemos a ese momento lo dejado atrás sea lo suficientemente relevante como para dignificar la memoria que leguemos a nuestros sucesores. En todo caso, la inevitable desaparición física no debe condicionar, en absoluto, la actuación que tengamos en la vida terrena.

–Usted dice ser un escéptico y, sin embargo, el programa de radio que dirige, La Rosa de los Vientos (Onda Cero Radio), se ocupa a menudo de asuntos misteriosos y de difícil explicación; claro que tratados siempre con rigor y sensatez. Nos gustaría saber, en concreto, qué opina de las psicofonías, y si cree que estamos cerca de averiguar qué las origina.

Sobre este asunto lo que conocemos con certeza es el efecto, pero no la causa. A lo largo de mis veinte años como profesional de la comunicación he tenido múltiples experiencias parafónicas, incluso en mis programas donde se han recogido algunas inclusiones célebres. Pienso, sinceramente, que este fenómeno paranormal es de los más inquietantes de todo el espectro mistérico, y muchos investigadores de reconocido prestigio han dedicado sus vidas a la resolución de un enigma que aún hoy sigue sin tener una explicación clara.

–Hablando de la radio y de información. ¿Es la información un poder de integración en este mundo global, o más bien se ha convertido en práctica de dominación y de segregación sociopolítica? ¿Cuál es entonces el reto que han de afrontar los medios de comunicación para no incurrir en el monopolio y el modo deficiente de información en que de ordinario incurren?

Una de las frases más utilizadas hoy en día es aquella de: “el medio es el mensaje”. Yo no estoy del todo de acuerdo con esa máxima periodística y pienso que la clave del asunto se encierra en cada uno de los comunicadores que, a través de los diferentes soportes sonoros, visuales y escritos se dirigen a las personas que precisan información. De los profesionales depende, al fin, la sensación transmitida y captada por el receptor, por eso necesitamos que la sociedad esté cada vez más al tanto de lo que ocurre y con un bagaje cultural suficiente para poder interpretar cuál es el verdadero estado de las cosas.

–Parece un destino lamentable del mundo actual el que estemos inmersos en continuas crisis ecológicas, ¿verdad? ¿Cree que vamos a ser capaces de conciliar la civilización con la naturaleza?

El ser humano es depredador por naturaleza y esa condición inserta en nuestra genética nunca conseguiremos erradicarla. Es por ello que precisamos mucha concienciación sobre lo que realmente supone para nosotros vivir en armonía con este planeta Azul y Verde que tan generosamente nos acoge. Ojalá que no terminemos por ser, como algunos dicen, una plaga terrible y destructora sobre la faz de Gaia. La posible solución para evitar esto es, como ya he dicho, impregnar de cultura ecológica a las nuevas generaciones. De ellos dependerá un gozoso futuro, nosotros por desgracia no hemos estado a la altura.

–A propósito del interesantísimo tema de la conquista de América: ¿Es verdad que Colón no fue el primero en llegar, sino que antes llegaron navegantes chinos? También nos gustaría saber cómo ve usted el asunto de la responsabilidad ética de los españoles en la conquista; y, considerando que la política colonial de entonces fue en verdad muy siniestra, ¿piensa que se trata de la invasión histórica española más infausta?

Como es lógico, todo es matizable. En cuanto a lo de Colón, por supuesto que este ilustre marino no fue el primero en llegar a América, antes lo hicieron otros como vikingos, chinos… Ocurre que el genovés fue quien encabezó la expedición oficial dando continuidad al hallazgo con una posterior exploración y colonización del Nuevo Mundo. En lo que respecta a los capítulos de política colonial y responsabilidad ética, nuestra presencia en América no fue tan dañina como algunos aventuran. España aportó idioma, religión, mestizaje y sobre todo sentido de civilización, tal y como hicieron con nosotros los romanos que ocuparon Hispania. Y se me antoja que no lo hicimos del todo mal, siempre que tengamos en cuenta que en aquellos siglos otras potencias, verbigracia ingleses, franceses, holandeses, portugueses… practicaron una expansión imperialista sin ningún miramiento hacia las poblaciones autóctonas. Sólo basta con mirar la situación de los nativos norteamericanos o de los africanos actuales. En América desde Méjico a la Patagonia la situación hoy en día no es tan terrible comparada con los casos anteriormente expuestos. En lo que concierne a España, desde el primer momento que pusimos pie en el nuevo continente, la corona española mostró un interés más que real por la situación indígena, con personajes destacados como fray Bartolomé de Las Casas, quien consiguió en 1542 la promulgación de las Leyes Nuevas que protegían a los indios, con lo que este insigne sevillano se convirtió en claro precursor de los derechos humanos. Eso no quita para que admitamos, sin ambages, que se dieron situaciones especialmente dolorosas en las que los indios, bajo jurisdicción española, fueron cruelmente tratados.

–Y ya que nos referimos a cuestiones siniestras, y puesto que ha dedicado usted un libro a Gilles de Rais, El Mariscal de las Tinieblas, la verdadera historia de Barba Azul (Temas de Hoy), ¿puede decirnos quién fue este mariscal y por qué asesinó, según las crónicas, a ciento cuarenta niños…?

Fue sin duda uno de los personajes más anómalos de toda la historia francesa y aun universal. Su psicopatía no encuentra parangón entre los más terribles asesinos en serie, con la muerte por su mano de decenas de niños, los cuales murieron de forma despiadada en un contexto cubierto por la Guerra de los Cien Años, las hambrunas y las epidemias. El barón de Rais fue una de las mayores fortunas del país galo y, paradójicamente, alcanzó la condición de Mariscal y héroe de los franceses combatiendo como escolta y protector de Juana de Arco, la doncella de Orleans que salvó a Francia de un oscuro destino a manos de los invasores ingleses. Su historia es la más terrible a la que yo me pude enfrentar jamás, y lo que escribí en mi libro tras cinco años de investigación sólo refleja una parte de las atrocidades cometidas por este personaje ignominioso.

–Pasajes del terror, psicokillers, asesinos sin alma (Ediciones Nowtilus) es otro título de su ya dilatada producción literaria. ¿De dónde proviene el interés por estos personajes “malditos”?

Este libro en concreto me lo pidió mi querido Fernando Jiménez del Oso para su colección La Puerta del misterio. A él le cupo el mérito de su publicación, pues yo, hasta entonces, no había mostrado ningún interés por reflejar en papel mis narraciones radiofónicas sobre estos psicópatas asesinos. Aunque la difusión de estos relatos tuvo tanta repercusión entre los oyentes, que, finalmente, animado por mi amigo, me decidí a iniciar la empresa. En todo caso, el comportamiento de los psicópatas siempre captó mi atención, y, de hecho, de mis once libros publicados hasta ahora, dos pertenecen a este peculiar género. Reconozco que investigando para psicokillers y el Mariscal de las Tinieblas he aprendido mucho sobre la condición humana.

–¿Qué fraude histórico le parece el más desatinado?

Como es lógico, existen numerosos fraudes históricos dignos de ocupar lugar en la galería de la infamia. Pero seguramente yo me quede con la cronología histórica aceptada e impuesta por la ortodoxia militante. Me refiero a la mala datación sobre nuestros orígenes. Todavía hoy ni siquiera nos ponemos de acuerdo en la fecha de nuestra aparición en la Tierra, ni cuándo se levantaron las grandes construcciones megalíticas y a qué fines concretos servían. En este siglo XXI aún restas innumerables enigmas históricos por desvelarse.

–Una pregunta un poco más rumorosa. Quienes escribimos estas preguntas somos asiduos oyentes de La Rosa de los Vientos; y por eso le pedimos que nos diga cómo conoció y por qué eligió a sus colaboradores radiofónicos Bruno Cardeñosa, Carlos Canales y Jesús Callejo, y que nos dé uno o dos rasgos del carácter de los mismos, de cómo son a micrófono cerrado, aunque para quienes escuchamos el programa nos sean familiares.

Tras muchos años de trabajo en las ondas la vida me ha puesto en contacto con personas sumamente interesantes. Todos los colaboradores que participan en la Rosa están en ella por causas muy determinadas en las que los dioses tienen mucho que ver. La combatividad de Bruno, la erudición desmedida de Canales o la sensatez de Callejo encajan a la perfección en los planteamientos que propone la tertulia del programa. A estos añado la brillantez de Fernando Rueda, la veteranía de José Manuel Escribano, el ímpetu de Juan Ignacio Cuesta, la cordura elocuente de Javier Sierra o la juventud ilusionante de Raúl Shogun o Martín Expósito, si bien nada sería posible sin la conducción que de todos nosotros hace la maravillosa Silvia Casasola, un auténtico prodigio del buen hacer humano y profesional. En definitiva, mis programas han alcanzado el respeto y prestigio que hoy tienen gracias a las gentes que durante tantos años habitaron nuestro sugerente universo de comunicación.

–Usted es buen lector y no en vano ha dicho que leer es “el último reducto para la libertad”? Ahora ya sabemos cuáles son sus personajes históricos favoritos, pero ¿tiene algún pensador o filósofo preferido? ¿Por qué lo es?

Mi filósofo predilecto es, claro está, el sin par Sócrates. Un hombre capaz de poner en solfa la realidad que le rodeaba sólo con preguntas que provocaban impactos demoledores en la sociedad que le escuchaba. Después de él pocos estuvieron a su altura, aunque ejemplos no faltaron capaces de levantar las faldas a cualquier disciplina académica por rancia que esta fuera.

–Por cierto, ¿cree que existe vida en algún otro lugar del Universo?

Desde luego, y el que crea que estamos solos en el cosmos tiene una visión muy reducida de las cosas. Otro asunto es que nos visiten extraterrestres; un debate sobre el que albergo razonables dudas.

–Jesús de Nazaret es sin duda un personaje recurrente en La Rosa de los Vientos. No en vano es el personaje con mayor repercusión en la historia de los últimos veinte siglos. Sin embargo, como dice Juan Arias, apenas sabemos de él si existió… ¿Cree usted en su existencia histórica, o piensa que es fruto de un mito?

Existen testimonios más que fidedignos sobre la existencia del Nazareno en la Tierra. Yo no tengo ninguna razón para pensar lo contrario a tenor de la amplia documentación que los exegetas han escrutado durante siglos. Ahora bien, de lo que no estoy tan convencido es de la historia oficial que la iglesia cristiana nos ha trasladado sobre su figura. Y, en ese sentido, debemos seguir analizando cada dato, cada detalle, pues, no en vano, el galileo cambió nuestra forma de entender la existencia.

–Es claro que usted tiene un conocimiento profundo de los romanos y de su época (La aventura de los romanos en Hispania [La Esfera de los Libros] lo atestigua). ¿Por qué razón triunfó el Cristianismo ya en los primeros siglos de nuestra Era, y por qué se convirtió al fin en una religión tan masculinizada y ávida de poder, y seguramente tan desleal al espíritu de sus inicios?

Todo comenzó tras el concilio de Nicea a principios del siglo IV d.C. Un acto promovido por el emperador romano Constantino y su madre Santa Elena, los cuales se convirtieron en promotores de esta religión muy bien aceptada por los romanos, dado que, para entonces, se encontraban inmersos en profundas crisis sociales motivadas en parte por la molicie a la que la sociedad romana se había abandonado tras obtener su máxima expansión territorial y económica. En ese momento triunfó el mensaje pacífico de Jesús, aunque también lo pudieron hacer los postulados de Mitra, una deidad muy arraigada entre las legiones romanas y con signos muy parecidos a los cristianos. Lo del machismo y demás trasgresiones del culto original, es simple voracidad de los prebostes que dominaban la situación en aquellos siglos y que quisieron con estas decisiones injustas distanciar la realidad humana de una fe a los ojos de una sociedad temerosa por todo lo que supiera a sobrenatural. Ya se sabe que las gentes de escasa formación temen a lo desconocido.

–Podemos pasar revista a los méritos de Europa y su historia, pero, en comparación con Oriente, ¿qué le falta a Occidente? Queremos decir: ¿podría echarse en falta el que tengamos tanto conocimiento pero tan poca “sabiduría”? Terminemos esta entrevista con la cita de un budista chino: “El instante vale diez mil años”. ¿Qué le inspira esta frase?

Siempre me fascinó el equilibrio emocional demostrado por los grandes eruditos orientales. No obstante, yo soy occidental y estas disertaciones emotivas las contemplo desde la distancia. Discrepo en lo concerniente a falta de sabiduría, pues aquí también hemos gozado con la luz emanada desde mentes ilustres. En Asia nos encontramos, por desgracia, mucha sabiduría pero pésimos gobiernos y malas gestiones que han llevado a la zona al borde de la hecatombe. Sólo basta con revisar la historia, país por país: China, Japón, India, Corea… Estoy convencido que con el simple enunciado de estas naciones de inmediato le han surgido en la mente un sinfín de calamidades, hambrunas, guerras, dictaduras, exterminios. En todos los sitios cuecen habas y no nos podemos dejar llevar por falsos espejismos en los que se nos propongan situaciones idílicas a la sombra de un cerezo.

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