SOBRE EUGENI D’ORS Y “LO BARROCO” Por CARLOS RODRÍGUEZ GORDO

Conviene tener en cuenta brevemente la biografía de este excelente autor español Eugeni –Eugenio- d’Ors y Rovira, 1882-1954 Se formó en las universidades de Barcelona, Madrid y París. Fue Secretario del Institut d’Estudis Catalans (1911) y director de su Seminario Filosófico (1918), dirigió asimismo el departamento de Instrucción Pública de la Mancomunidad de Cataluña. En 1920 fijó su residencia en Madrid. No es un mero dato, puesto que la idea que posteriormente tratará en el libro tiene que ver mucho con su condición de catalán. Sin embargo, después moderó su catalanismo refugiándose en otras mentalidades, algo que le ocasionó duras críticas.
Entre sus numerosos trabajos en ese idioma, algunos en forma de glosa (Glossari, 1906-14), destacan la novela La ben plantada (1912), Oceanografia del tedi; Gualba, la de mil veus y La Vall de Josafat. Sus trabajos periodísticos aparecieron bajo el seudónimo de «Xenius». En Madrid alternó su labor como crítico de arte -con notables estudios sobre Goya, Cézanne, Picasso y su famoso ensayo Tres horas en el Museo del Prado podemos darnos cuenta de su validez como esteta- con la publicación de nuevos glosarios: Cuando yo esté tranquilo (1930); novelas y ensayos: El molino de viento (1925), Guillermo Tell (1926), Cinco minutos de silencio (1926), Cúpula y monarquía (1929); y obras filosóficas como Filosofía del hombre que trabaja y que juega, El secreto de la filosofía (1947) y numerosos estudios de carácter científico.
Pasando ya de esta breve introducción biográfica, comenzamos a explicar de un modo conciso el contenido del libro para su posterior valoración. En primer lugar, el autor comienza teniendo en cuenta la connotación peyorativa del término churrigueresco, que a la sazón no es más que un modo de llevar a cabo la arquitectura barroca. Parece, pues, como si el afán de Churriguera por dejarse llevar por la razón hubiera llevado a ese pensamiento. Tal vez, comenzamos ya a ver en estas primeras páginas del libro con lo que podríamos denominar una especie de miedo al abismo, a la lejanía de la razón instrumental que como veremos coronará una parte de la historia. A partir del vocablo wildermann, que podríamos traducir como “hombre salvaje” Eugeni expone en primer lugar la archiconocida definición de Barroco (perla gruesa de límites irregulares) para después esbozar la que será su tesis más importante del libro: la finura del clasicismo frente a la “barbarie” persistente del barroco. En carnaval y cuaresma hace suyo el adagio latino de oportet haeresses esse, la necesidad
de los herejes, donde explica que sólo a partir de la recreación se puede construir la Civitatis Dei , la Nueva Jerusalén. No es la única comparación que realiza entre una ciudad y un período. También asemeja el siglo XVIII a la antigua Alejandría. Para d’Ors resulta paradójico que precisamente para la fijación del folclore hiciera falta la aparición de la Enciclopedia francesa de la ilustración. Pero precisamente a esta paradoja la pudiéramos caracterizar de originaria, básica. Para el trabajo eficaz de la semana se hacen necesarias las vacaciones. Ese es el sentido del gótico florido frente al gótico normal. Reconoce Eugeni que esta contraposición pudiera estar muy relacionada con las filosofías de la Historia, entre las que destaca las de Michellet o Hegel pero a su paradoja es aún más originaria que las distinciones de la dialéctica hegeliana o la historicidad de Michellet. Precisamente este carácter contradictorio de lo barroco es su cualidad más representativa. Lo barroco pretende gravitar y volar, se ríe del principio de no contradicción y por ende de la racionalidad humana. El rechazo de Magdalena por parte de Jesucristo no hace sino atraerla más. Destaca en este punto algunos cuadros de Tintoretto, Caneggio, o incluso esculturas de Bernini.
Para nuestro autor, otro de los aspectos que sorprenderían de lo barroco sería esa especie de anhelo del paraíso perdido. En este aspecto, introduciría una idea de temporalidad circular muy propia de otras filosofías clásicas y orientales. Toda la historia puede considerarse como un penoso itinerario entre la inocencia que ignora y la inocencia que sabe . Así, la función de los jardines actuales sería la de una suerte de paraísos-paréntesis que aliviarían el camino hacia esa nueva inocencia. Las referencias a Milton aquí son inevitables. De esta manera, lo barroco sería una especie de recompensa. El siglo XVIII es una demostración de ello, de luces y de ¿sombras? El enamoramiento es, para Eugenio d’Ors, una parte de lo barroco.
Tras un paso por Baltasar Gracián en el que refiere a lo musical como algo directamente originado por la contemplación de la Naturaleza . Ahonda en el tema de la nostalgia de lo primitivo, de esa búsqueda constante de la belleza sin velos propia de la inocencia original. La realidad está percibida desde el paradigma racionalista de Descartes o Boileau, sin embargo, en la realidad también son necesarios los robinsones desnudos en islas desiertas que nos recuerdan el edén del que fuimos expulsados por culpa de la inquietud racional. Esta es una idea claramente desarrollada por Rousseau ; para este ilustrado francés el hombre era bueno por naturaleza y sólo la propiedad a lo largo de la historia corrompió esa bondad. Como el mismo autor nos dice es una nostalgia de los principios que también podríamos encontrar en las novelas de Bernardine de Saint-Pierre: Pablo y Virginia son dos esclavos negros que nos despiertan el anhelo de los trópicos. Es lo barroco una alternativa a la esclerosis de formas de lo clásico, del mismo modo que un ornitorrinco se mofa de las clasificaciones zoológicas.
Esta tranquilidad de escritoras como Saint-Pierre chocaría con la de escritores como Chateubriand, más tempestuoso, heroico y elocuente que sustituiría nuestra moda por lo tropical acercándonos al mundo de los indios y de la selva virgen. El deseo de volver a los orígenes, de recuperar el Edén perdido sería una constante en la sociedad tecnologizada de Eugeni d’Ors y en la actual. Las viejas categorías clásicas de Belleza o fealdad quedan ya muy atrás. Sí podríamos encontrar una alternativa a esta búsqueda con la creación de un Paraíso Individual al modo de Gauguin. Como el autor destaca, en esta sociedad actual no es difícil encontrar a una persona que se deje aconsejar por un erudito preceptor de biblioteca para llegar a casa y entretenerse con el loco de la azotea. Gracias a lo Barroco, aún es posible encontrar una solitaria de las rocas , algo así como el Robinsón llevado al máximo ascetismo social: es una mujer. Esta idea tiene tientes románticos , pero de esto ya hablaremos después.

QUERELLA DE LO BARROCO

A propósito de esta disputatio de matices medievales, el autor nos incide en algunos de los aspectos esbozados anteriormente. Sin embargo, una de las aportaciones más interesantes para la comprensión de la idea fundamental del libro es la definición de Eón. Como en toda ciencia, la evolución propia ha permitido abandonar una caracterización meramente descriptiva (hombro, codo, cabeza…) para refugiase en una concepción más sistémica (sistema nervioso, excretor, linfático…). Del mismo modo d’Ors propone revisar la ciencia de la Historia para articularla por sistemas llamados Eones, una especie de idea-acontecimiento que se iría repitiendo a lo largo de la historia. El eterno recomenzar del que ya hemos hablado anteriormente nos hace pensar que la idea que el autor trata de expresar en este título es que el motor de la cultura y de la historia en general es la contraposición entre sumergimiento y luz, entre racionalidad y sentimiento, entre pensamiento reaccionario y pensamiento valiente, entre el Eón clásico y el Eón barroco. A este Eón barroco es al que se ha referido durante todo el escrito como “lo barroco”, que está claramente diferenciado del período barroco que se limita exclusivamente a los siglos XVII y XVIII. Esta diferenciación es sumamente enriquecedora pues permitiría leer el romanticismo como una parte de este Eón barroco. Incluso, si admitimos que el romanticismo tuviera tres versiones diferentes, todas ellas podrían ser englobadas bajo esta actitud antitética, ante el Eón barroco. El romanticismo, a diferencia del barroco ha tenido desde sus comienzos sus clásicos . Así pues, el mecanismo de la historia estaría coronado por la lucha entre dos titanes, entre lo pintoresco y lo constructivo. La profundidad y dinamismo de lo barroco evitaría la esclerotización de las estructuras clásicas. Gracias al Eón barroco existe evolución. Esa propensión a lo teatral, lujoso, retorcido, enfático es lo que permite el cambio, la mejora. Así pues, podríamos establecer una nueva distinción entre los estilos históricos (barroco, clásico, renacentista, gótico…) y los estilos de cultura, que englobarían algo más que periodos temporales: unificarían y descartarían actitudes. El logos ya no sumiría bajo su ala al ethos y al pathos, al sentimiento y la pasión propios de lo barroco. El paganismo gracias a este dinámico Eón saldría a la luz.
Sin embargo conviene hacer una distinción final a suerte de clasificación de tipos de barroco que podemos encontrar en el libro de Eugeni d’Ors y que cataloga veintidós tipos diferentes de barroco. Si esta distinción está falta de matices y algunos de los grupos serían tan sólo variedades es algo con lo que el autor ya cuenta.

ÚLTIMAS CONSIDERACIONES A PROPÓSITO DE ESTA FILOSOFÍA

No resulta sorprendente encontrar este tipo de filosofía en los pensadores que podríamos etiquetar, con el riesgo que ello conlleva, de finiseculares. Este afán por descubrir el motor de la historia a partir de principios, que rozan a veces el maniqueísmo, es propio de aquellos filósofos que se encuentran pensando en épocas de inseguridad. La idea de un eterno retorno es una de las influencias orientales más determinantes en la filosofía clásica y esa es un condicionamiento que marcará una parte significativa de la Historia de la Filosofía. El archiconocido lema de omnia fluent es ya un clásico. La filosofía de Eugeni d’Ors en este caso es una filosofía de vida más que de eternidad, es una aporía de la imperfección, una característica propia de la filosofía barroca. Así pues, cabría formularse una pregunta sobre un arte determinado: ¿Existe la música barroca como una parte especial de la historia de la música o podemos afirmar, por contrario que toda la música es en términos d’orsianos barroca? El propio autor parece aproximarse más a lo segundo. El valor de lo barroco residiría en esa ironía típica del arte humano, en la oposición de Apolo y Dionisos, entre el osco Logos y el artista Pan. Este carácter paradójico se expresa en una doble cita que el mismo autor utiliza, en primer lugar de De ordine y en segundo lugar de las Confesiones de San Agustín de Hipona: La razón humana es una fuerza que conduce a unidad pero es una debilidad que necesita discontinuidad. Para concluir este escrito aplica, en una demostración de erudición las categorías al país vecino de Portugal. Este apartado se incluyó en la edición original en francés, pero inexplicablemente tan sólo puede ser leída en la edición que ahora mismo manejo entre mis manos.
SALAMANCA 2005

BREVE ESTUDIO BIBLIOGRÁFICO (Ordenado temporalmente)

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