E. M. CIORAN: FILOSOFAR SOBRE LA SANGRE

Por GUILLERMO DA COSTA PALACIOS(1)

“El sentimiento de la muerte es lánguido y cruel, como si un cisne
y un chacal nadaran juntos en las olas envenenadas de la sangre…”
(OP)(2).

El trato con ciertos pensadores, digamos, iconoclastas o disidentes en cuanto a los preceptos comúnmente admitidos por la filosofía más purista (toda aquella legión de metafísicos eminentes que engruesan de ordinario el espíritu resignado de los catecúmenos de la disciplina) puede constituir un encuentro en verdad sugerente; de golpe, advertimos una lectura intensamente dispareja que, más o menos inspirada, nos emplaza a un universo de concepciones exentas de academicismo y nos orienta hacia una nueva dispersión ontológica de la lucidez. Además, importa poco si se trata del fruto literario de ensayistas, novelistas, poetas o dramaturgos, todos hemos verificado cómo luego de frecuentar a Poe, Lovecraft, Kafka, Alan Watts, Omar Khayyam o Javier García Sánchez –por citar sólo a seis– fuimos inmediatamente seducidos, además de por su estilo (infrecuente y refinado, como el de Lovecraft), por su particular talante, por así decirlo, existencial. Sus páginas han llenado mis horas –confiesa el lector atento–; y creo que me han enseñado demasiado. Hasta aquí todo por descontado: no nos propusimos, en rigor, dar al traste con ninguna filosofía de colegio ni mermar los méritos de nadie; tan sólo atestiguamos lo que ya sabíamos: que, en el sentido más apasionado del término, existe una especie de “vida fuerte” contenida y desplegada en las páginas de los autores más abiertamente sinceros; y que la traza libre y perturbadora de éstos no consiente, por lo general, con las aspiraciones sistemáticas grandilocuentes ni con los axiomas consensuados por el teorizante entendimiento. Si, como creemos, lo propio del pensador es expresar la vida “tal como es”, entonces quizá convenga escuchar a Cioran cuando confiesa, en El ocaso del pensamiento: “El papel del pensador es retorcer la vida por todos sus lados, proyectar sus facetas en todos sus matices, volver incesantemente sobre todos sus entresijos, recorrer de arriba abajo sus senderos, mirar una y mil veces el mismo aspecto, descubrir lo nuevo sólo en aquello que no haya visto con claridad, pasar los mismos temas por todos los miembros, haciendo que los pensamientos se mezclen con el cuerpo, y así hacer jirones la vida pensando hasta el final.
»¿No resulta revelador de lo indefinible de la vida, de sus insuficiencias que sólo los añicos de un espejo destrozado puedan darnos su imagen característica?”

Leer a Cioran es más que un encuentro vehemente; es un encontronazo feroz y sanguinario con un pensador que, afortunadamente, no le pone sordina a las ideas (que en él son más bien obsesiones), que no retoca la pesantez insondable de la conciencia ni se doblega ante la dialéctica de las lágrimas. Fustiga y calumnia cuanto le indigna, infundido por esa disposición escéptica y desesperada de los moralistas franceses (Montaigne, La Rochefoucauld, Chamfort), por la saña frenética y astuta de Nietzsche, por el clamor de Job y… por el romanticismo de los sauces llorones: “Todo pensador, al comienzo de su carrera, opta, a pesar suyo, por la dialéctica o los sauces llorones” (SA).

Emil Cioran nace en Rasinari, un pueblo de Transilvania, en 1911. En una carta –fechada en 1967– a su hermano Aurel confiesa que “soy “unzufrieden” (depresivo, descontento), pero siempre lo he sido, y éste es un mal del que siempre hemos padecido en nuestra familia, atormentada, ansiosa.”

De 1928 a 1932 Emil Cioran estudia filosofía en la Universidad de Bucarest. Se define ya como “un adolescente terrible”, asolado por crisis de insomnio. Rechaza los “comentarios académicos” y se aparta de la filosofía de sistema. En 1934 aparece su primera obra, En las cimas de la desesperación. Esta obra ya contiene todas las obsesiones que dominarán su vida: el absurdo, el sufrimiento, la locura, la mística, la soledad, el suicidio, el devenir… Y la escribió, en palabras suyas, luego de desengañarse de la jerga filosófica y merced a una “conmoción interior”, el insomnio: “lucidez vertiginosa que convertiría el paraíso en un lugar de tortura.” Fue entonces cuando comprendió “la inanidad de la filosofía.” Y según confiesa, de no haber escrito el libro se habría suicidado.

En 1937 Cioran se instala en París. A partir de entonces escribirá en francés.

En 1945 emprende un viaje en bicicleta a través de las regiones francesas. Con el tiempo, visitará de la misma manera no sólo Francia, sino también España, Suiza e Inglaterra. En los años que siguen aparecerán los Silogismos de la amargura, La tentación de existir, Historia y utopía, Del inconveniente de haber nacido, El aciago demiurgo, Ese maldito yo… Claude Mauriac elogia a “uno de los espíritus más ricos de los nuevos tiempos.” En tanto que Claude Elsen escribe: “Sin duda, no ha habido en los últimos veinte o treinta años, en el terreno intelectual, un acontecimiento comparable a la publicación de la obra de E. M. Cioran.” En 1986, Angelo Rinaldi le presenta como “el más alegre de nuestros maestros de la desesperación.”

1973 es el año en que el filósofo Fernando Savater, amigo de Cioran durante muchos años, traductor de algunas de sus obras y autor del Ensayo sobre Cioran, traduce al español Précis de décomposition con el título de Breviario de podredumbre: “tormenta de lucidez haciendo volar los viejos pergaminos que sirven de biombo a la podredumbre: discurso sin castrar, lenguaje que no cede a la fascinación del lenguaje(3).”

En 1974 El aciago demiurgo es censurado en España. Cioran, en carta a Aurel, protesta: “El aciago demiurgo, que tenía que aparecer estos días en España, ha sido secuestrado y prohibido por la censura. El libro es considerado ateo, blasfematorio y anticristiano. La Inquisición no ha muerto. ¡Qué ridículo es todo esto!”

Cioran murió en París, el 20 de junio de 1995. Fallecía el maestro del pensamiento aciago; pero también el hombre que había dejado dicho: “Lo que me ha salvado ha sido mi sed de vivir” (CC). Su desaparición no fue inadvertida por la prensa: “Anciano y aquejado de la enfermedad de Alzheimer, el gran intelectual nihilista E. M. Cioran falleció ayer en París a los 84 años(4)”.

Cioran adoptó el estilo aforístico como expresión de su pensamiento, como asumió, en París, la condición de apátrida. Lo uno porque, como dice Savater, ¿qué sentido tendría extenderse cuando se ha escrito que “Toda palabra es una palabra de más” (TE)? Y es que el aforismo condensa de manera absoluta el rudimento de una imagen, la figura en síntesis de una obsesión, la representación de un capricho. El fragmento es más puntual reflejo de la vida que la prosa prolongada, pues relata resumidamente la savia del extravío y el destello de la conciencia. En Cioran, en el aforismo reside el espíritu que sustenta su obra: él escribe por la necesidad de purgado: es un exorcismo necesario. En cuanto a su condición de apátrida, es la que mejor le convenía a un hombre que minó todas las razones, las de escribir, las de vivir y las de pertenencia a un lugar. Eso no es lo esencial; lo esencial es vislumbrar por qué los hombres se impacientan por el Paraíso, cómo la locura amplifica la visión de la existencia y el éxtasis lo abarca todo, que “el sufrimiento es la única causa de la conciencia” (Dostoievski). No podía tener Cioran una patria porque su nihilismo exacerbado –si “nihilismo” puede llamarse– procedía de una adhesión a la persistencia en la independencia y el desapego. Él amaba a Buda y a los místicos.

Hay algunos otros textos más largos que el grito aforístico, redacciones siempre extremadamente poéticas –como supo ver Octavio Paz y refrenda todo aquel que lo lee– que braman, incesantemente, contra el desgarro metafísico de la existencia. Cioran ha tratado así todos los temas más apremiantemente filosóficos desde su experiencia de la amargura. Es un exquisito de la desesperación porque no ha sorteado los escollos de la duda ni del paroxismo que calcina la sangre, ni pone emplastos sobre el destino angustiado que sobreviene luego del hartazgo de existir, pues, “El mero hecho de ser es tan grave que, comparado con él, Dios es pura bagatela” (BV). Así pues, este “antiprofeta del siglo XX”, “enfermo de lucidez en el hospital del mundo”, drácula prestidigitador –que no embaucador– del lenguaje se empeñó, consiguiéndolo, durante toda su tormentosa vida en hacer de su destino lo que había deseado. Obsesionado por la libertad y la independencia, nunca tuvo una profesión(5). Su escepticismo, inseparable de la sensación del vértigo, su borrascosa sensibilidad frente al arcano y su apasionamiento enfermizo por el crepúsculo, le apremiaban a prestar pertinaz atención a la experiencia sin fin de las obsesiones y a los estados violentos que generan la acuidad seductora del amor y del sufrimiento –escenario en que el hombre se vuelve lírico, pues constituyen prácticas esenciales–. Hay dos seguridades fundamentales que abruman nuestra vida: “Sólo el sufrimiento cambia al hombre” (LQ) y “Toda lucidez es consecuencia de una pérdida” (OP). En efecto, pues Cioran nos remite a ese tipo de experiencias extraordinarias “a las cuales no se puede sobrevivir”. Momentos de una visión que suspende el tiempo, el movimiento y la respiración. Reiteración de este “espíritu religioso sin religión” que nos previene de esa especie de éxtasis cuando en un abrir y cerrar de ojos lo entiendes todo…; pero el cual arrebato “nos arroja a las garras del temblor y de la nada.” Cioran es un advenedizo sobre el decorado del mundo, un sabio instigador en los arrabales de lo popular, melancólica paradoja de quien, hostigado por el apetito de un Paraíso vacilante y por un mundo en el que no hay nada resuelto, ajusta cuentas con esa ilusión en la que vive, cegado y engañado por sus propias quimeras, el ser humano. ¡Pero qué difícil es ser tan esencial a cada instante!…

La música es, si cabe, un elemento de reconciliación con la vida. Aquí el “dandy de la nada” (como lo llamó Fernando Arrabal en una ocasión) conjura sus imprecaciones por medio de una melomanía refinada. A propósito de Mozart, escribirá: “Siempre que escucho su música me crecen alas de ángel” (LQ), o “No quiero morir, porque no puedo concebir que un día sus armonías me sean extrañas para siempre…” (LQ). En algún lugar, Cioran incluso se lamenta por no haber sido músico. En todo caso, a menudo en sus libros encontramos reflexiones hermosas que dan cuenta de su genuina pasión por este arte. Y ama especialmente a J. S. Bach: “En la iglesia de Saint-Séverin, escuchando al órgano El Arte de la Fuga, me repetía: “He aquí la refutación de todos mis anatemas”” (MY). Y “la música –escribe Cioran–, sistema de adioses, evoca una física cuyo punto de partida no serían los átomos sino las lágrimas” (SA). La música pues es capaz de salvarnos del hundimiento definitivo, o al menos nos proporciona algunos momentos de plenitud apartados de la desolación que nos inspira el sinsentido de la vida, decepcionados tanto por Dios como por el Diablo. En fin, proferirá Cioran, siempre desde su mordaz sarcasmo, “Si debiera renunciar a mi diletantismo, me especializaría en el aullido” (SA).

Fernando Savater presenta a Cioran como una persona entrañable, disertador de sentencias certeras contra el universo pero exento de presunción o altivez. “No se le puede encasillar –escribe– en ningún movimiento literario o filosófico, en ninguna escuela ni en ninguna moda. […] Nunca he conocido a un maestro menos solemne, a un compañero más acogedor y más ameno. Fue la única persona de alto rango intelectual totalmente carente de pedantería con la que he tratado. Su forma de vida era tan poco ostentosa que ni siquiera hacía ostentación de su falta de ostentación. Y es que no había renunciado a nada: simplemente sabía lo que importaba y daba de lado el resto sin alharacas. Vivía a su modo pero jamás hacía reproches a la forma de vivir de los demás(6).” Cioran era pues un espíritu genuino y de esas personas que dejan marchamo en quien las frecuenta. Su actitud filosófica como escéptico impenitente en nada divergía de su postura para con la vida, que es, por antonomasia, el escenario donde se representa un poema dramático; pero conjuntamente se nos revela lo baladí del suicidio, porque “desembarazarse de la vida es privarse de la satisfacción de reírse de ella” (MY). Cioran jamás recomendó el suicidio como solución a nadie, sino que lo trata cual recurso para no consentir con el atontamiento mareante de lo chabacano rutinario; es más, él no propone tanto que suprimirse sea lo sencillo al alcance de todos…: lo que preconizó toda su vida es que pensar en el suicidio ayuda a vivir; que es la “idea” del suicidio la que prima sobre el acto, que, por los pensamientos que engendra, da un valor –ya que no un sentido– a la vida. “Somos amos de una resolución tanto más apetecible en cuanto no la aprovechemos […] ¿acaso hay mayor riqueza que el suicidio que todos llevamos dentro?” (BP). O también, en Silogismos de la amargura: “Vivo porque está en mi mano morir cuando me parezca bien: sin la idea del suicidio me habría matado desde siempre.” Cuando en una ocasión alguien le preguntó por qué no se había suicidado de una vez, él encontró la respuesta: “Por algunos instantes de plenitud(7)”.

Cioran amaba España. Leía y releía a Gracián, Cervantes, Unamuno, Ortega, a los místicos españoles y, sobre todo, a Teresa de Ávila, en la que encuentra ese “ardor único de España” y las deliciosas “impurezas de la santidad femenina.” La pasión por España impregna toda su obra; así, escribe, “Uno tras otro, he ido adorando y odiando numerosos pueblos; jamás se me ocurrió renegar del español que me hubiera gustado ser…” (SA). Vincula a España una noción de “desengaño”, clave, según él, para comprender el alma española. España es “la emoción en estado puro.” Y entre los sagaces testimonios de Cioran encontramos cómo asegura que el viaje más vibrante de su vida lo hizo a España cuando tenía treinta años; y que, si lo hubieran permitido las circunstancias –los aciagos eventos de la guerra civil– se hubiera quedado aquí, tal vez en Madrid, Ávila o Salamanca, y habría escrito en español. “Yo estaba hecho para España, para la lengua española(8)”. Nosotros suscribimos la cortesía.

La muerte es, en fin, asunto de reflexión indeleble en Cioran. Un Maelström insalvable escinde la afinidad entre dos personas cuando una de ellas, seducida por lo fúnebre y abocada al “sentimiento de la muerte”, padece la presencia de éste y se abisma en el paraje remoto de las postrimerías; la distinción es contundente: por un lado, quien jamás es provocado, o bien sólo se inquieta esporádicamente, por esa impresión de la muerte; por otro quien, entregado a las voluptuosidades de la inquietud metafísica, piensa continuamente su muerte, pondera su eternidad “y la niega en cada pensamiento.” “El uno no muere más que un instante, el otro no cesa de morir…” (BP). De modo que el sentimiento de la muerte es un acontecimiento capital, luego de cuya intensa experiencia se es otra persona; y en la ondulante vibración vertiginosa a que nos aboca esa trémula fusión con la revelación de la muerte, el principio que nos invade desgarra nuestro corazón, en tanto que una rara tristeza activa la sombra del dolor. Y es así como sospechamos que sin ese sentimiento no comprendemos nada…

Por más paradójico que parezca, Cioran ha ayudado a vivir a muchos –¡quién sabe a cuántos ha preservado del suicidio o del desquiciamiento merced a formular en su estilo insustituible la materia de esa “sorda excitación” que lo dominaba!–. Y puesto que “la vida no perdona lucidez alguna” (LQ), tampoco es preciso encontrarle justificación ni sentido a este mundo. Por lo demás, nos gusta reír, y “siempre que los límites del corazón sobrepasen los del mundo, entraremos en la muerte por exceso de vida…” (LQ).

NOTAS
(1) Guillermo da Costa Palacios es licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Fundador, administrador y redactor de Suspiria, revista digital de cultura.
(2) En lo sucesivo, citaré repetidamente las obras de Cioran mediante las siguientes siglas:
El ocaso del pensamiento (OP). Silogismos de la amargura (SA). Conversaciones (con Cioran) (CC). La tentación de existir (TE). Breviario de los vencidos (BV). El libro de las quimeras (LQ). Ese maldito yo (MY). Breviario de podredumbre (BP).
(3) Cf.: Ensayo sobre Cioran: Fernando Savater, Espasa-Calpe, Madrid, 1992.
(4) El Mundo, miércoles 21 de junio de 1995.
(5) En 1936 ocupó durante un año el cargo de profesor de filosofía en un instituto de Brasov. “Mi paso por el instituto de Brasov fue en verdad catastrófico, tuve follones con mis alumnos, los profesores, el director…, en una palabra, con todo el mundo.”
(6) El País, miércoles 21 de junio de 1995.
(7) ABC, miércoles 21-6-95.
(8) Cf.: E. M. Cioran: Itinerarios de una vida: Gabriel Liiceanu, Michalon, París, 1995.

El pensador y ensayista rumano E. M. Cioran (1911-1995)

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